Reseña del libro El año que en que hablamos con el mar del escritor chileno Andrés Montero, por Victoria Haedo.
Txt y ph: Victoria Haedo

Hacía tiempo que venía un poco desconectada de la literatura. Me estaba costando retomar el ritmo habitual de lectura. Los tiempos acelerados de la cotidianidad, las obligaciones y la rutina habían hecho que sentarme frente a un libro dejara de ser algo tan sencillo como antes. Tenía ganas de leer, pero me estaba costando encontrar una historia que consiguiera atraparme de verdad. Llegué a El año en que hablamos con el mar, de Andrés Montero, a partir de varias recomendaciones. Algunas venían de librerías que sigo y otras de lectores cuyas elecciones suelen interesarme. No conocía al autor y llegué a la novela, sobre todo, por curiosidad. Sin saber demasiado sobre lo que iba a encontrar, empecé a leer. Y fue una de esas lecturas que llegan en el momento justo. Creo que una de las razones por las que esta novela consiguió devolverme las ganas de leer fue su manera de construir la narración.
Hay algo en la forma en que las voces aparecen, se cruzan y van completando la historia que hace difícil abandonar la lectura. La novela sorprende, pero también emociona. Y, sobre todo, propone otro ritmo: uno que invita a quedarse un poco más en cada página, a escuchar lo que cada voz tiene para contar.
Una isla que también cuenta
Andrés Montero es escritor, narrador oral y dramaturgo chileno. Su vínculo con la oralidad atraviesa buena parte de su trabajo literario y también su trayectoria como narrador, algo que resulta especialmente significativo al acercarse a El año en que hablamos con el mar.
La novela, publicada en 2024, transcurre en una isla del sur de Chile y tiene como protagonistas a los hermanos mellizos Julián y Jerónimo Garcés.
Los dos tomaron caminos diferentes. Uno permaneció en la isla; el otro se marchó y construyó su vida lejos de ella. Muchos años después, Jerónimo regresa a su tierra natal y queda allí durante un año. Ese regreso funciona como punto de partida, pero rápidamente la novela deja de ser solamente la historia de dos hermanos. Porque la isla también tiene algo para decir.
A través de sus habitantes, de sus recuerdos y de las historias que circulan de generación en generación, el pasado de los hermanos comienza a mezclarse con el pasado del lugar. La historia familiar se vuelve inseparable de la historia de la comunidad. Y ahí aparece una de las ideas que más me interesaron de la novela: la identidad no parece pertenecer nunca por completo a una sola persona. Se construye entre muchas voces. Cada habitante parece conservar una parte de la historia. Un recuerdo, una anécdota, una versión, un secreto. Son fragmentos que, al encontrarse, permiten reconstruir algo que ninguno podría contar por sí solo.
Una isla como Comala
En los primeros momentos de la lectura, El año en que hablamos con el mar me recordó muchísimo a Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Hay, en ambas novelas, un regreso a la tierra natal y una comunidad cuya historia se encuentra atravesada por la memoria. También existe esa sensación de que el pasado no está realmente atrás, sino que continúa habitando el presente. Pero lo que más me llevó a pensar en Rulfo fue la presencia de una voz colectiva.
En Pedro Páramo, Comala se construye a través de las voces de quienes la habitaron. Nadie cuenta la historia completa. Son esas voces, fragmentadas y superpuestas, las que terminan construyendo la memoria del pueblo. Algo similar sucede en la isla de Montero.
La historia no está contada desde una única perspectiva. Los habitantes hablan, recuerdan, completan y, en ocasiones, parecen contradecirse. Cada uno aporta una pequeña pieza. Y es precisamente esa multiplicidad la que permite construir una identidad común. La voz colectiva no solamente cuenta la historia: construye al pueblo que la cuenta. Por eso la isla puede leerse como un territorio de la memoria. Volver a ella implica encontrarse con aquello que sucedió, pero también con aquello que los demás recuerdan que sucedió. La identidad de los hermanos se encuentra atravesada por las historias que otros tienen sobre ellos. Hay algo muy potente en esa decisión narrativa: nadie posee por completo la verdad de la historia. La memoria tampoco aparece como algo fijo. Se transforma cada vez que alguien la cuenta.
Como lectores, recibimos apenas fragmentos: escenas, recuerdos, relatos, pequeñas historias que parecen incompletas hasta que otra voz agrega algo más. De a poco, esos pedazos empiezan a formar una imagen. Y quizás ahí esté una de las mayores potencias de la novela: comprender que la historia de una comunidad no está hecha de una sola versión, sino de muchas voces que conviven.
El tiempo de recordar
También hay una manera particular de trabajar con el tiempo. El año que Jerónimo permanece en la isla no funciona solamente como una medida cronológica. Es un tiempo de espera, de regreso y de reconstrucción. La novela se mueve a través de las estaciones y ese ciclo natural parece acompañar otro recorrido: el de la memoria.
En la isla, el tiempo parece tener otra velocidad. Es un tiempo más cercano al territorio, a las estaciones, a los rituales y a las historias que se transmiten de una generación a otra. Un tiempo que no parece avanzar en línea recta, porque el pasado vuelve una y otra vez sobre el presente. Recordar, en esta novela, no significa simplemente recuperar algo que ocurrió. Recordar es volver a construirlo.
Cada vez que una historia es contada, algo se modifica. Aparece un nuevo detalle, una nueva perspectiva, una voz que completa aquello que faltaba. El pasado, entonces, permanece abierto. Quizás por eso la isla funciona casi como un personaje. Tiene memoria. Guarda historias, secretos y muertos. Pero también guarda los relatos que permiten que todo eso continúe existiendo. Porque aquello que no se cuenta corre el riesgo de desaparecer.
Morir, recordar, celebrar
Creo que uno de los corazones de esta novela está en la manera en que piensa la muerte.
En El año en que hablamos con el mar, la muerte no aparece solamente como una pérdida. También es una forma de presencia.
Hay un cementerio sin cuerpos: un espacio destinado a aquellas personas que forman parte de la historia de la isla, pero cuyos restos no están allí. Algunos murieron en el mar; otros habitaron la isla y dejaron de estar físicamente, pero permanecen en la memoria de quienes los conocieron. Ese lugar tiene algo profundamente conmovedor. Porque responde a una necesidad muy humana: tener un espacio donde llorar, recordar y honrar a quienes ya no podemos encontrar.
¿Qué hacemos con nuestros muertos cuando ni siquiera tenemos un cuerpo al que despedir? Construimos un lugar para recordarlos.
Y entonces la novela propone otra pregunta: ¿qué significa celebrar a quienes ya no están?
En la isla, recordar también puede ser una fiesta. Pero para que una fiesta sea una buena fiesta hace falta mucho más que reunirse. Hay preparativos, tareas y responsabilidades. Cada habitante conoce su papel y participa de una serie de acciones que, juntas, construyen un ritual. El paso a paso de la celebración adquiere así una dimensión colectiva. Cada persona cumple una función y cada gesto tiene un sentido. Lo que podría ser una experiencia individual, el recuerdo de alguien que murió, se transforma en una experiencia compartida.
¿Qué transforma un rito individual en una experiencia colectiva? En esta novela, parece hacerlo la comunidad.
Los muertos forman parte de la historia de la isla porque forman parte de quienes todavía la habitan. Recordarlos es también recordar quiénes son ellos mismos. La memoria, entonces, no solamente mira hacia atrás. También construye una identidad en el presente.
Las voces de un pueblo
Todo esto está sostenido por una escritura que me resultó especialmente disfrutable. El lenguaje de Montero es poético, pero también sencillo y cercano. Hay una fuerte presencia de la oralidad en esas voces populares que parecen contar las historias como se cuentan entre vecinos, entre familiares, entre quienes llevan mucho tiempo compartiendo un mismo territorio.
No hay una única voz que ordene la historia desde afuera. Hay voces que aparecen, cuentan, recuerdan y desaparecen para dejar lugar a otra. Y en ese movimiento se van construyendo esos pequeños parches de la historia que los hermanos de la isla nos permiten conocer.
Me gusta pensar la novela como una especie de tejido. Cada voz aporta un hilo distinto. Ninguno alcanza por sí solo para formar la imagen completa, pero juntos construyen algo que tiene sentido. Quizás esa sea también la razón por la que la novela me permitió volver a encontrarme con la lectura. Porque no intenta llevarme rápidamente hacia un desenlace. Me pide atención. Me pide escuchar.
El año en que hablamos con el mar fue una novela que llegó en un momento en el que necesitaba volver a leer y que, sin proponérmelo, terminó recordándome por qué disfruto tanto hacerlo.
Es una historia sobre dos hermanos, pero también sobre un pueblo. Sobre quienes se fueron y quienes decidieron quedarse. Sobre los vivos y los muertos. Sobre la memoria y el olvido. Y, sobre todo, sobre la necesidad de contar.
Porque quizás una comunidad también existe gracias a las historias que decide conservar: esas pequeñas voces que, al encontrarse, consiguen construir la memoria de un territorio. Una novela para leer despacio, dejando que cada voz encuentre su lugar.


