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Una casa sola, de Selva Almada, segunda entrega de la suscripción literaria de La Furtiva

¿Qué pasa con una casa cuando todos se van? Una casa sola, de Selva Almada, es una historia de ausencias, memoria y secretos que permanecen entre las paredes. El libro elegido para septiembre en la Suscripción Literaria de La Furtiva. ¿Te animás a entrar?

Reseña x Victoria Haedo.

Una casa puede ser sólo el espacio que habitamos, un lugar donde vivir. Pero también hay casas que parecen guardar algo de quienes pasaron por ellas: voces, silencios, gestos, muertes, animales, historias que se resisten a desaparecer. En Una casa sola, Selva Almada convierte una casa en algo más que un escenario: la vuelve testigo y narradora de una historia familiar.

Selva Almada nació en Entre Ríos en 1973 y es una de las voces más reconocidas de la literatura argentina contemporánea. Es autora de El viento que arrasa, Ladrilleros, Chicas muertas, El desapego es una manera de querernos, El mono en el remolino, Los inocentes y No es un río, entre otros libros. Su obra fue traducida a más de veinte lenguas y ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos la nominación de No es un río al International Booker Prize.

En Una casa sola, Almada se adentra en la historia de la familia Lucero y en una casa atravesada por el tiempo. Pero para reconstruir esa historia no recurre únicamente a los recuerdos de sus habitantes. La casa habla. Los muertos aparecen. Los espectros recuperan fragmentos de un pasado que parecía perdido y, entre esas voces, se va armando lentamente la historia de quienes estuvieron allí.

Uno de los aspectos que más me interesaron de la novela es justamente esa forma de narrar. Hay una voz que parece mirar desde un lugar diferente al de los personajes, una voz que conoce lo que sucedió y que puede desplazarse por el tiempo. La casa se convierte así en una especie de memoria viva. Una memoria que no es lineal, que vuelve sobre sus pasos, que recupera escenas y personajes y que, de a poco, nos permite comprender que la historia de los Lucero empezó mucho antes de ellos. “Muchísimo antes de los Lucero”, dice la narración. Y esa frase funciona casi como una clave de lectura: la casa y la tierra tienen una historia anterior a la de quienes las habitan. Hay algo que permanece, incluso cuando las personas se van.

Y si hay algo que vuelve especialmente potente esa construcción es el lenguaje de Almada. Su escritura tiene una dimensión profundamente sensorial. El calor, la tierra, los olores, la luz, el monte y los animales aparecen con una presencia casi física. La fauna no está allí simplemente como parte del paisaje: los animales participan de ese mundo, lo observan, lo habitan y parecen conocer sus propias reglas. Las gallinas, los perros, los lagartos, las abejas y otras criaturas aparecen entre las escenas cotidianas y contribuyen a construir un universo donde lo humano y lo animal conviven de una manera casi inseparable. Hay algo primitivo en ese paisaje, algo que nos recuerda que debajo de las historias familiares existe también otra historia: la de la tierra, la de los cuerpos, la de la supervivencia.

Almada consigue que lo cotidiano y lo extraño convivan sin necesidad de explicaciones. Un perro puede parecer “el ánima de un perro”; un grupo de gallinas puede convertirse en parte de una escena casi hipnótica; un muerto puede regresar a través de la memoria y hablar desde otro tiempo. Lo fantasmal no irrumpe en la historia: parece haber estado allí desde siempre.

Quizás por eso Una casa sola sea un libro difícil de encasillar. Es una historia familiar, pero también es una historia de fantasmas; es una novela sobre una casa, pero también sobre el territorio que la rodea. Es una narración atravesada por la muerte, pero profundamente viva en sus imágenes, en sus animales y en su lenguaje.

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