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Larvas: cuando el horror se mete bajo la piel

Larvas de la escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina, nueva entrega de la suscripción literaria de La Furtiva.

Reseña por Victoria Haedo.

Hay libros que se leen y hay libros que, de alguna manera, se sienten en el cuerpo. Larvas, de la escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina, pertenece a estos últimos.

Publicado por Páginas de Espuma, editorial española especializada en narrativa breve y, especialmente, en el cuento contemporáneo, Larvas reúne relatos en los que el horror no aparece como algo completamente ajeno o extraordinario, sino que nace de aquello que conocemos demasiado bien: el cuerpo, la naturaleza, los animales, la infancia, los espacios cotidianos. Lo familiar comienza a resquebrajarse y, cuando queremos darnos cuenta, ya estamos del otro lado.

En estos cuentos, el cuerpo ocupa un lugar central. Es un cuerpo que cambia, que se transforma, que enferma, que se deforma y que establece vínculos inquietantes con otros cuerpos y con la materia que lo rodea. Un cuerpo que deja de ser una frontera estable para convertirse en un territorio permeable. La piel ya no parece separar completamente el adentro del afuera; lo humano y lo animal pueden confundirse; lo vivo y lo muerto dejan de ocupar lugares tan claramente diferenciados.

Esta dimensión corporal está profundamente ligada a la naturaleza. El monte, la tierra, el agua, los animales, la humedad y la vegetación no son simples escenarios donde ocurren las historias. Tienen una presencia activa y, en muchos casos, amenazante. La naturaleza parece observar, avanzar, invadir. Lo que en principio podría presentarse como un paisaje rural conocido y cotidiano adquiere una dimensión extraña, casi monstruosa. Hay algo debajo de esa superficie aparentemente tranquila que está siempre a punto de emerger.

Silva Bernaschina consigue que el horror se construya justamente en ese límite: allí donde la naturaleza deja de ser paisaje y comienza a formar parte del cuerpo; allí donde el cuerpo deja de ser exclusivamente humano y empieza a confundirse con aquello que lo rodea.

Pero quizás una de las mayores potencias de Larvas esté en su dimensión sensorial. La autora escribe desde los olores, los sabores, las texturas y los sonidos; desde la humedad, la saliva, la tierra, la sangre. Hay una materialidad muy fuerte en sus imágenes. Las palabras parecen tener temperatura, peso y textura. Y, por momentos, parecen pegarse a la piel.


Por eso, el horror de estos cuentos no está solamente en aquello que sucede, sino también en la manera en que lo percibimos. El asco, la incomodidad, la tensión, el escalofrío aparecen como respuestas físicas ante aquello que la escritura nos hace imaginar. El lenguaje no se limita a contarnos una experiencia: consigue introducirnos en ella.


En Larvas, además, las fronteras se encuentran constantemente en movimiento. Entre infancia y adultez, entre humano y animal, entre cuerpo y paisaje, entre lo cotidiano y lo fantástico. Nada permanece completamente en su lugar. Y quizás sea justamente esa inestabilidad la que vuelve tan perturbadores estos relatos.


El título mismo parece condensar buena parte de esa propuesta: las larvas son formas de vida en transformación, criaturas que todavía no han alcanzado una forma definitiva. Algo similar ocurre con los cuerpos y los mundos que habitan estos cuentos: todo está en proceso de cambio, de descomposición o de metamorfosis.


Leer Larvas es, entonces, acercarse a una literatura que trabaja con aquello que normalmente intentamos mantener a distancia: lo viscoso, lo orgánico, lo animal, lo que crece, lo que se pudre, lo que se transforma. Y hacerlo desde una escritura que no busca solamente provocar miedo, sino también alterar nuestra manera de mirar aquello que nos rodea. Cuando cerramos el libro, algunas de sus imágenes parecen permanecer con nosotros. Quizás porque el verdadero horror de Larvas no está únicamente en las historias que cuenta, sino en esa sensación persistente de que algo puede estar moviéndose debajo de la superficie.

Algo que todavía no vemos. Algo que, tal vez, ya está bajo nuestra piel.

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